EDITORIAL / Junio-Julio 2009




















Tanto se fue, poco ha quedado. Hoy lloro la partida de dos poetas mujeres, que alguna vez, pienso, han sucumbido a la desidia del poema.
Idea Vilariño.
Blanca Varela.
Dos mujeres que, como yo -supongo-, se habrán internado en los caminos de la Palabra para poder ver más acá de la hoja en blanco, más acá del espejo en la sangre.
Dos poetas sumamente invencibles ante los nubarrones de la voz.
Dos poetas entrañables, quizás un misterio para la poesía misma.




En este número:

POEMAS de Idea Vilariño


Amor

Amor
desde la sombra
desde el dolor
amor
te estoy llamando
desde el pozo asfixiante del recuerdo
sin nada que me sirva ni te espere.
Te estoy llamando
amor
como al destino
como al sueño
a la paz
te estoy llamando
con la voz
con el cuerpo
con la vida
con todo lo que tengo
y que no tengo
con desesperación
con sed
con llanto
como si fueras aire
y yo me ahogara
como si fueras luz
y me muriera.
Desde una noche ciega
desde olvido
desde horas cerradas
en lo solo
sin lágrimas ni amor
te estoy llamando
como a la muerte
amor
como a la muerte.


+++++++++++++++++++++

Carta II

Estás lejos y al sur
allí no son las cuatro.

Recostado en tu silla
apoyado en la mesa del café
de tu cuarto
tirado en una cama
la tuya o la de alguien
que quisiera borrar
-estoy pensando en ti no en quienes buscan
a tu lado lo mismo que yo quiero-.
Estoy pensando en ti ya hace una hora
tal vez media
no sé.

Cuando la luz se acabe
sabré que son las nueve
estiraré la colcha
me pondré el traje negro
y me pasaré el peine.

Iré a cenar
es claro.

Pero en algún momento
me volveré a este cuarto
me tiraré en la cama
y entonces tu recuerdo
qué digo
mi deseo de verte
que me mires
tu presencia de hombre que me falta en la vida
se pondrán
como ahora te pones en la tarde
que ya es la noche
a ser
la sola única cosa
que me importa en el mundo.



+++++++++++++++++++++

Cuándo ya noches mías...

Cuándo ya noches mías
ignoradas e intactas,
sin roces.

Cuándo aromas sin mezclas
inviolados.

Cuándo yo estrella fría
y no flor en un ramo de colores.

Y cuando ya mi vida,
mi ardua vida,
en soledad
como una lenta gota
queriendo caer siempre
y siempre sostenida
cargándose, llenándose
de sí misma, temblando,
apurando su brillo
y su retorno al río.

Ya sin temblor ni luz
cayendo oscuramente.


+++++++++++++++++++++

El olvido

Cuando una boca suave boca dormida besa
como muriendo entonces,
a veces, cuando llega más allá de los labios
y los párpados caen colmados de deseo
tan silenciosamente como consiente el aire,
la piel con su sedosa tibieza pide noches
y la boca besada
en su inefable goce pide noches, también.

Ah, noches silenciosas, de oscuras lunas suaves,
noches largas, suntuosas, cruzadas de palomas,
en un aire hecho manos, amor, ternura dada,
noches como navíos...

Es entonces, en la alta pasión, cuando el que besa
sabe ah, demasiado, sin tregua, y ve que ahora
el mundo le deviene un milagro lejano,
que le abren los labios aún hondos estíos,
que su conciencia abdica,
que está por fin él mismo olvidado en el beso
y un viento apasionado le desnuda las sienes,
es entonces, al beso, que descienden los párpados,
y se estremece el aire con un dejo de vida,
y se estremece aún
lo que no es aire, el haz ardiente del cabello,
el terciopelo ahora de la voz, y, a veces,
la ilusión ya poblada de muertes en suspenso.


+++++++++++++++++++++

Eso

Mi cansancio
mi angustia
mi alegría
mi pavor
mi humildad
mis noches todas
mi nostalgia del año
mil novecientos treinta
mi sentido común
mi rebeldía.

Mi desdén
mi crueldad y mi congoja
mi abandono
mi llanto
mi agonía
mi herencia irrenunciable y dolorosa
mi sufrimiento
en fin
mi pobre vida.


+++++++++++++++++++++

Tarde

Cuerpos tendidos, cuerpos
infinitos, concretos, olvidados del frío
que los irá inundando, colmando poco a poco.
Cuerpos dorados, brazos, anudada tibieza
olvidando la sombra ahora estremecida,
detenida, expectante, pronta para emerger
que escuda la piel ciega.
Olvidados también los huesos blancos
que afirman que no es un sueño cada vida,
más fieles a la forma que la piel,
que la sangre, volubles, momentáneas.
Cuerpos tendidos, cuerpos
sometidos, felices, concretos,
infinitos...
Surgen niños alegres, húmedos y olorosos,
jóvenes victoriosos, de pie, como su instinto,
mujeres en el punto más alto de dulzura,
se tienden, se alzan, hablan,
habla su boca, esa un día disgregada,
se incorporan, se miran, con miradas de eternos.



PEQUEÑO HOMENAJE A LOS GRANDES

JUICIO FINAL

Yo, pecador, artista del pecado,
comido por el ansia hasta los tuétanos,
yo, tropel de esperanza y de fracasos,
estatua del dolor, firma del viento.

Yo, pecador, en fin, desesperado
de sombras y de sueños: me confieso
que soy un hombre en situación de hablaros
de la vida. Pequé. No me arrepiento.

Nací para narrar con estos labios
que barrerá la muerte un día de éstos,
espléndidas caídas en picado
del bello avión aquel de carne y hueso.

Alas arriba disparó los brazos,
alardeando de tan alto invento;
plumas de níquel. Escribid despacio.
Helas aquí, hincadas en el suelo.

Este es mi sitio. Mi terreno. Campo
de aterrizaje de mis ansias. Cielo
al revés. Es mi sitio y no lo cambio
por ninguno. Caí. No me arrepiento.

Ímpetus nuevos nacerán, más altos.
Llegaré por mis pies -¿para qué os quiero?-
a la patria del hombre: al cielo raso
de sombras ésas y de sueños ésos.


Blas de Otero



VENCIDOS...


Por la manchega llanura
se vuelve a ver la figura
de Don Quijote pasar...
Y ahora ociosa y abollada va en el rucio la armadura,
y va ocioso el caballero, sin peto y sin espaldar...
va cargado de amargura...
que allá encontró sepultura
su amoroso batallar...
va cargado de amargura
que allá «quedó su ventura»
en la playa de Barcino, frente al mar...
Por la manchega llanura
se vuelve a ver la figura
de Don Quijote pasar...
va cargado de amargura...
va, vencido, el caballero de retorno a su lugar.
Cuántas veces, Don Quijote, por esa misma llanura,
en horas de desaliento así te miro pasar...
y cuántas veces te grito: Hazme un sitio en tu montura
y llévame a tu lugar;
hazme un sitio en tu montura,

caballero derrotado,
hazme un sitio en tu montura
que yo también voy cargado
de amargura
y no puedo batallar.
Ponme a la grupa contigo,
caballero del honor,
ponme a la grupa contigo
y llévame a ser contigo
pastor...

Por la manchega llanura
se vuelve a ver la figura
de Don Quijote pasar...


León Felipe


SIN, por Nicolás Antonioli, Buenos Aires, Argentina

"Porque es horrendo un padecer simbólico

sin la materia errátil que lo encarna."

(Carlos Bousoño )

El hueco se llenará de letras inconclusas

aún se mastica la frialdad del polvo

con un aroma cáustico

se desarma la idea

borradas de un soplo

las lágrimas de perder baldíos en la lengua

sólo tiene una retórica la lluvia

sólo tiene una sinfonía la avenida

entre tanta putrefacción

hay gusanos enroscados en flores

entre polen y tallos

deliran los cuerdos

eres así como una pluma cayendo a la eternidad

de bastón y parches en el ojo

el espejo se empalaga

se ahonda se ennoblece

con la atmósfera cosida en los pies de la fragancia

el sudor donde debe estar

frenesí hasta la almohada

con pájaros volando hacía el abismo

el número inmortal desformulado

y la pena desenredada para siempre

el látigo lame las heridas

con horror desorbitado

la soledad anda de piel y huesos

por mi alcoba

intenta besar mi piel disuelta

me lanzo como un insecto

a la luz calcinante de sus brazos



Contacto: nicolas_antonioli@yahoo.com.ar


ENSAYO SOBRE “CHACALES Y ÁRABES”, por Héctor Zabala, Buenos Aires, Argentina

La obra técnicamente es muy buena. Tiene indicios como el del látigo del segundo párrafo, anticipando el desenlace del diálogo entre el jefe chacal y el extranjero del Norte. Logra una tensión permanente porque los chacales rodean al extranjero, lo sujetan por la ropa, ejercen una continua amenaza que nadie garantiza que no pueda terminar en tragedia para el pobre hombre que sólo intentaba dormir.

Pero la pregunta clave es: ¿Quiso aquí Franz Kafka escribir un cuento de árabes y chacales? En principio, convengamos que la narración es de género fantástico: los chacales no hablan por más inteligentes que sean.

Partiendo de este detalle, entiendo que todo el cuento es una metáfora. Se refiere a un pueblo sometido y en parte maltratado que vive en tierras de otro pueblo, dominador y arrogante, aunque a veces también condescendiente.

Kafka conocía como nadie a judíos y cristianos. Era un hombre muy culto y perspicaz que había nacido en un hogar en el que se observaban las tradiciones judaicas pero en medio de una comunidad cristiana dominante. Su propio padre tenía una clientela cristiana, sus hermanas y él habían asistido a colegios alemanes, etc. Además, conocía –era consciente– de la lucha ancestral, solapada y a veces no tanto, de judíos y cristianos en el viejo continente. Era absolutamente conocedor del amor-odio entre ambos pueblos. De las actitudes ambivalentes de los cristianos respecto de los judíos que vivían entre ellos y viceversa. Sabía de los pogromos pero también de la tolerancia y colaboración entre unos y otros. También del resentimiento y de la desconfianza mutuas.

¿Quiénes son entonces los árabes del cuento? Los cristianos europeos.

¿Y quiénes los chacales? Los judíos europeos.

¿Qué es el oasis? Europa.

Varios indicios me llevan a esta conclusión:

1) Juntos pero separados. En el cuento, chacales y árabes viven juntos pero separados. Exactamente como convivían judíos y cristianos en la Europa de Kafka. “¿No es ya bastante desdicha que debamos vivir exilados entre semejante gente”, dice el chacal viejo. Es decir, compartían como a medias un territorio y tenían hasta un cierto tipo de contacto pero hasta ahí nomás. La hospitalidad del árabe es conocida y hasta proverbial; y puede ser que Kafka jugara también con eso, algo como: te recibo y serás bien atendido pero mientras estés dentro de casa.

2) Dominador y dominado. La posición del árabe es dominante (como la del cristiano europeo): impone la regla y tiene el látigo para hacerla cumplir; además ocupa el oasis (Europa), al que van también los chacales (los judíos despreciados), pero estos se acercan como merodeando. El chacal es una buena alegoría del judío europeo de entonces, el tipo que no termina de afincarse del todo porque sueña con ser independiente, libre. En cuanto a lo demás, lo que está fuera de Europa, es como un desierto: está fuera del oasis, fuera de lo que pueda servir para la subsistencia de un pueblo como el judío de entonces, pueblo relativamente débil que indudablemente la pasaba mal, muy mal.

3) Purificador e impuro. La actitud de los chacales en el cuento es casi religiosa, mística, lo cual se compadece con la tradición del judaísmo. Lo importante para los chacales es por sobre todo la pureza del alimento. Algo que es una constante bíblica y judaica. Son tradiciones antiquísimas que todavía continúan entre muchos judíos ortodoxos modernos. No hay más que leer el Levítico [1] o el Deuteronomio [1] para ver la importancia que la pureza del alimento significa para el pueblo judío. Los árabes del cuento serían los cristianos, los que contaminan los alimentos al no seguir los estrictos lineamientos bíblicos ni rabínicos, los que comen parte y dejan lo demás a los chacales (judíos) a modo de carroña. Un verdadero escándalo. Los chacales son los que entonces se sienten obligados a purificar los alimentos; casi como una obsesión. No, los árabes (los cristianos) no deberían intervenir en los asuntos de los chacales (los judíos), nos dice su jefe. Como buen viejo es también el que mejor conserva las tradiciones de su pueblo y aclara: “Queremos que los árabes nos dejen en paz; aire respirable... no oír el quejido de la oveja que el árabe degüella; que todos los animales mueran en paz; para ser purificados por nosotros, sin interferencia ajena... Pureza, queremos sólo pureza...”

4) Amor-odio. Al igual que en la Europa de cristianos y judíos, en el cuento juega la constante del amor-odio entre árabes y chacales. Hay mucho resentimiento de ambas partes, pero también hay admiración y hasta cierto tipo de amor o de respeto que tratan de tapar con el aparente desdén hacia el otro. Los chacales no odian completamente a los árabes, al menos no al extremo de correr el riesgo de contaminarse: “No queremos matarlos. No habría bastante agua en el Nilo para purificarnos”, aclara el jefe chacal. Por su parte, el árabe comenta de los chacales: “Por eso los queremos; son nuestros perros; más hermosos que los vuestros”. Y al final del cuento le dice al extranjero: “Lo has visto. Maravillosas bestias, ¿no es verdad? ¡Y cómo nos odian!” Sin embargo, ese amor del árabe no le impide castigarlos con latigazos sin un motivo justificable. El árabe está encantado con esa ambivalencia, es consciente de ese amor-odio, quizá hasta un poco más que los propios chacales.

5) Las contradicciones de ambos pueblos. Los cristianos europeos acogían a los judíos en sus comunidades pero después se quejaban sin mayor motivo y les hacían sentir su desprecio. Cosa parecida hace el árabe cuando les trae expresamente un alimento sustancioso (un camello muerto) pero después juega, con bastante perversión, con echarlos a latigazos. Los chacales, en tanto, devoran lo que les trae el árabe pero igual siguen resentidos por el maltrato. Análogamente, la actitud de los judíos europeos era por entonces parecida a la de los chacales del cuento: se consideraban un pueblo distinto, casi independiente, pero consentían en usar toda oportunidad material que se les presentaba aunque viniera de infieles cristianos. Y además no les impedía mantenerse en una actitud permanentemente resentida y quejumbrosa contra los mismos que los protegían y les permitían prosperar.

6) La actitud mesiánica. Los chacales, al igual que los judíos, tenían la esperanza de liberarse de la opresión. ¿Qué representa entonces el extranjero del Norte? Obviamente, el Mesías. Alguien que los chacales suponen superior a los árabes. Un Mesías guerrero, no uno pacífico. Esto fue siempre tradición judaica y desde tiempos antiquísimos. Alguien que acabara de una vez y por todas con la opresión del pueblo judío.

7) Verdad y comedia. Pero en Kafka no puede faltar la ironía descarnada; la idea de que nada puede solucionarse, se haga lo que se haga, se intente lo que se intente.

El jefe de los chacales tiene un plan, pero es un plan infantil. Le trae al desconocido del Norte una tijera para que extermine a todos los árabes; un elemento que ni siquiera es un arma aunque en ocasiones podría funcionar como tal. Pero es una tijera oxidada, inservible. De todas maneras, la tarea sería impracticable para el pobre extranjero porque los árabes son muchos. Simplemente sería una locura intentarlo. Quizás entonces lo que Kafka haya querido decirnos es que los planes mesiánicos del judaísmo de entonces (1916) eran absurdos. Simplemente una especie de comedia que sólo servía para mantener una fe, una esperanza, generación tras generación, pues la tijera llevaba siglos pasando de chacal a chacal, aunque ya había perdido el filo por completo.

El más consciente de esta comedia que ambos grupos interpretan (y aquí viene lo terrible de Kafka) es el árabe. No el jefe chacal, el que más conoce las tradiciones. Quizá en parte porque el árabe es conocedor de su propia fuerza que lo hace arrogante, quizá en parte por considerar al chacal como un incapaz de liberarse en serio (y tal vez hasta un poco cobarde) pero también porque ve la cosa desde afuera y sabe que el intento es absurdo: “...todo el mundo lo sabe; mientras existan árabes esas tijeras se pasearán por el desierto, y seguirán vagando con nosotros hasta el último día. A todo europeo se las ofrecen, para que lleve a cabo la gran empresa; todo europeo es justamente aquél que ellos creen enviado por el destino. Esos animales alimentan una loca esperanza; bobos, son verdaderos bobos”.

Esto último también sería una metáfora. El cristianismo de entonces, tal como el árabe del cuento, también era arrogante: veía el pensamiento mesiánico judaico con compasión, como algo inútil, como algo bobo o loco, porque para el cristiano el Mesías ya había venido y no podía haber otro.

Una última reflexión. Para quien quiera ver algún signo ofensivo en la palabra chacales, es conveniente recordar que no era ese el punto de vista de los hebreos antiguos, que es aquí lo que interesa, ya que Kafka se refiere a tradiciones muy viejas (“...hace tanto, tanto que te esperábamos; mi madre te esperó, también la suya, y una tras otra todas sus madres, hasta llegar a la madre de todos los chacales”).

La palabra chacales (siempre en plural, nunca en singular) aparece catorce [2] veces en la Biblia y ésta es una fuente confiable en cuanto al verdadero significado del vocablo para los antiguos. El del capítulo 30:28-29 de Job quizá sea el más significativo al respecto: “Entristecido anduve por todos lados [...] Hermano para los chacales vine a ser, y compañero para las hijas del avestruz”, dando a entender la gran aflicción del patriarca Job, quien se sentía abandonado, triste. Nótese que Job no se avergüenza en llamarse a sí mismo hermano de los chacales.

Los chacales para los patriarcas y profetas bíblicos no connotaban animales peligrosos ni crueles ni indignos, simplemente se los relacionaba con situaciones tristes o con lugares no muy aptos para la habitación humana (parajes desolados), que ocupaban por timidez o por cierta desconfianza natural hacia el hombre (vgr. Jeremías 49:33: “...tiene que llegar a ser albergue de chacales, un yermo desolado hasta tiempo indefinido”). Incluso al chacal hembra se lo consideraba como una excelente madre (“Aun los chacales mismos han presentado sus ubres. Han amamantado a sus cachorros...” [3] ), en evidente contraste con lo que pensaban esos mismos hebreos del avestruz en ese mismo versículo de Lamentaciones 4:3 (“...la hija de mi pueblo [Jerusalén] se hace cruel, como los avestruces en el desierto”) y también en Job 39:13-15, donde a dicha ave se la califica de mala madre.

[1] En particular Levítico, capítulo 11, y Deuteronomio, capítulo 14.

[2] Las catorce referencias bíblicas sobre los chacales son: Job 30:29, Salmos 44:19, Isaías 13:22, 34:13, 35:7, 43:20, Jeremías 9:11, 10:22, 14:6, 49:33, 51:37, Lamentaciones 4:3, Miqueas 1:8 y Malaquías 1:3. Corresponden todas al Antiguo Testamento, que es el que interesa en este caso.

[3] Lamentaciones 4:3.



CHACALES Y ÁRABES

(del libro "Un médico rural", 1916)

de Franz Kafka

Acampábamos en el oasis. Mis compañeros dormían. Un árabe, alto y blanco, pasó a mi lado; había estado ocupándose de los camellos y se dirigía a su tienda.

Me eché de espaldas en el pasto; traté de dormir; no podía; un chacal aullaba a lo lejos; volví a sentarme. Y lo que antes estaba tan lejano, de pronto estuvo cerca. Me rodeaba una multitud de chacales; ojos que destellaban como oro mate y volvían a apagarse; cuerpos esbeltos que se movían ágil y rítmicamente, como bajo un látigo.

Por detrás de mí, uno de los chacales se acercó, pasó bajo mi brazo, se apretó contra mí, como si buscara mi calor, luego se colocó enfrente y me habló, con los ojos casi en los míos:

–Soy, con mucho, el chacal más viejo. Me alegra grandemente poder saludarte por fin. Ya casi había perdido toda esperanza, hace tanto, tanto que te esperábamos; mi madre te esperó, también la suya, y una tras otra todas sus madres, hasta llegar a la madre de todos los chacales. ¡Créelo!

–Me asombra –dije, olvidándome de encender la pila de leños preparada para ahuyentar con el humo a los chacales–, me asombra mucho lo que dices. Sólo por casualidad he venido del lejano Norte y estoy de paso por vuestro país. ¿Qué queréis de mí, chacales?

Y como alentados por estas palabras, tal vez demasiado amistosas, estrecharon el cerco en torno de mí; todos jadeaban con la boca abierta.

–Sabemos –comenzó el decano– que vienes del Norte; en eso residen nuestras esperanzas. Allá existe la comprensión que no encontramos entre los árabes. De esta fría arrogancia, bien lo sabes, no se puede arrancar la menor chispa de comprensión. Matan animales para comérselos y desprecian la carroña.

–No hables tan alto –dije–, hay árabes que duermen aquí cerca.

–Realmente, eres un extranjero –dijo el chacal–; si no, sabrías que ni una sola vez en la historia del mundo un chacal ha temido a un árabe. ¿Por qué habríamos de temerles? ¿No es ya bastante desdicha que debamos vivir exilados entre semejante gente?

–Puede ser, puede ser –dije–, no quiero juzgar asuntos que están lejos de mi competencia; parece una enemistad muy antigua; debe estar en la sangre; tal vez sólo termine con la sangre.

–Eres muy sutil –dijo el viejo chacal; y todos jadearon más ansiosamente; agitados, a pesar de estar inmóviles; un olor rancio, que a veces me obligaba a apretar los dientes, emanaba de sus fauces abiertas–. Eres muy perspicaz; eso que has dicho concuerda con nuestra antigua tradición. Así es, haremos correr su sangre, y terminaremos la lucha.

–¡Oh! –dije, con demasiada vehemencia quizás–; ellos se defenderán; con sus armas de fuego los matarán a miles.

–No nos comprendes –dijo él–, es una condición bien humana, que según veo también existe en el Norte. No queremos matarlos. No habría bastante agua en el Nilo para purificarnos. Nos basta ver sus cuerpos vivientes para salir corriendo, hacia el aire puro, hacia el desierto, que por eso es nuestra morada.

Y todos los chacales del círculo, a los que se habían agregado mientras tanto muchos otros que venían de más lejos, hundieron los hocicos entre las patas delanteras, y se los frotaron para limpiarse; parecían querer ocultar una repugnancia tan espantosa, que sentí deseos de dar un gran salto sobre sus cabezas y escapar.

–Entonces, ¿qué os proponéis hacer? –pregunté, tratando de ponerme de pie, pero no pude: dos jóvenes bestias me habían aferrado con los dientes la chaqueta y la camisa por detrás; tuve que quedarme sentado.

–Te sostienen la cola –explicó con serenidad el chacal viejo–, una señal de respeto.

–¡Soltadme! –exclamé, volviéndome alternativamente hacia el viejo y hacia los jóvenes.

–Naturalmente, te soltarán –dijo el viejo–, ya que es tu deseo. Pero tardarán un poco, porque han mordido profundamente, como es su costumbre, y ahora deben aflojar lentamente los dientes. Mientras tanto, atiende nuestro pedido.

–Vuestra conducta no me ha predispuesto demasiado a atenderlo –dije.

–No reproches nuestra torpeza –dijo él, y por primera vez recurrió al tono lastimero de su voz natural–, somos unas pobres bestias, sólo tenemos nuestros dientes; para todo lo que queremos hacer, lo malo y lo bueno, sólo disponemos de nuestros dientes.

–Bueno ¿qué quieres? –le pregunté, no muy reconciliado.

–Señor –exclamó, y todos los chacales aullaron; lejanamente, remotamente, me pareció una melodía–. Señor, tú debes poner fin a esta lucha, que divide el mundo en dos bandos. Exactamente como eres tú, nuestros antepasados nos describieron al hombre que llevaría a cabo la tarea. Queremos que los árabes nos dejen en paz; que el aire sea respirable; que la mirada se pierda en un horizonte purificado sin su presencia; que no oigamos el quejido de la oveja que el árabe degüella; que todos los animales mueran en paz; para ser purificados por nosotros, sin interferencia ajena, hasta que hayamos vaciado sus osamentas y pelado sus huesos. Pureza, queremos sólo pureza –y aquí lloraban, sollozaban todos–. ¿Cómo soportas este mundo, noble corazón y dulce entraña? Porquería es su blancura; porquería es su negrura, un horror son sus barbas; basta ver las órbitas de sus ojos para escupir; y cuando alzan el brazo vemos en sus axilas la entrada del infierno. Por eso, señor, por eso, ¡oh, amado señor!, con la ayuda de tus manos todopoderosas, degüéllalos con estas tijeras.

Y respondiendo a un movimiento de su cabeza, apareció un chacal, de uno de cuyos colmillos colgaba un pequeño par de tijeras de costura, cubiertas de antiguo herrumbre.

–Bueno, ya aparecieron las tijeras, iy ahora basta! –exclamó el guía árabe de nuestra caravana, que se había deslizado hacia nosotros con el viento en contra y hacía restallar su enorme látigo.

Todos huyeron con rapidez, pero a cierta distancia se detuvieron, estrechamente apretados entre sí; todas esas bestias se reunieron en un grupo tan rígido y apiñado, que parecía un pequeño hato, acorralado por fuegos fatuos.

–Así que tú también, señor, has contemplado y oído esta comedia –dijo el árabe, y rió tan alegremente como lo permitía la sobriedad de su raza.

–¿Tú también sabes lo que quieren esas bestias? –pregunté.

–Naturalmente, señor –dijo él–, todo el mundo lo sabe; mientras existan árabes esas tijeras se pasearán por el desierto, y seguirán vagando con nosotros hasta el último día. A todo europeo se las ofrecen, para que lleve a cabo la gran empresa; todo europeo es justamente aquél que ellos creen enviado por el destino. Esos animales alimentan una loca esperanza; bobos, son verdaderos bobos. Por eso los queremos; son nuestros perros; más hermosos que los vuestros. Fíjate, esta noche murió un camello, lo hice traer aquí.

Aparecieron cuatro mozos que arrojaron ante nosotros el pesado cadáver. Apenas lo depositaron, los chacales elevaron sus voces. Como arrastrados por otras tantas cuerdas irresistibles, se acercaron, titubeantes, frotando el suelo con el cuerpo. Se habían olvidado de los árabes, olvidado de su odio; la presencia del hediondo cadáver los hechizaba, borraba todo lo demás. Ya uno se prendía del cuello, y con el primer mordisco llegaba hasta la aorta. Como una diminuta y patente bomba aspirante, que quisiera con tanta decisión como pocas probabilidades de éxito apagar algún enorme incendio, cada músculo de su cuerpo se estremecía y se esforzaba en su tarea. y pronto se entregaron todos a la misma tarea, amontonados sobre el cadáver, como una montaña.

Entonces, el guía los fustigó una y otra vez con su cortante látigo, vigorosamente. Alzaron la cabeza, en una especie de paroxismo extasiado; vieron ante ellos a los árabes; sintieron el látigo en los hocicos; dieron un salto hacia atrás, y retrocedieron corriendo, hasta cierta distancia. Pero la sangre del camello ya había formado charcos en el suelo, humeaba, el cuerpo estaba abierto en varios sitios; volvieron; nuevamente alzó el guía su látigo; detuve su brazo.

–Tienes razón, señor –me dijo–, dejémoslos seguir con su tarea; además, ya es hora de levantar campamento. Lo has visto. Maravillosas bestias, ¿no es verdad? ¡Y cómo nos odian!


Contacto: hector_zabala_literatura@hotmail.com

INAUGURALES, por Silvia Palferro, Buenos Aires, Argentina



Un desahogar de olas frías
Rueda sobre la orilla
Acaso en lo perdido
De sí mismo
Esté el aprendizaje
Y en el agua
El misterio
Se interroga
Una y otra vez en cada rompiente.

Así también es el nacimiento
De lo viviente
Donde el paso continúa
Al arrojarse al vacío
Inaugural del llanto
Del hombre y su silencio.



Contacto: s_palferro@yahoo.com.ar

INDIGNACIÓN DE NOVIEMBRE, por Rolando Revagliatti, Buenos Aires, Argentina


Barro que predestina al paisaje

parte con el siglo

Aire que impone la amalgama

de la inermidad y la constatación

El paseo va cobrando vidas y todavía no termina

Circunscribir la intemperie y los efectos de la selva

Desde aquí dispararon nubarrones hacia la precariedad

oficiosa de lo desierto.



Contacto: revadans@yahoo.com.ar

REINA, por Ingrid Odgers Toloza, Concepción, Chile

Jugamos a que estamos perdidos en las sombras de la noche
en la veleidosa claridad del día.
Jugamos al ajedrez sintáctico y fónico
En la tarea de Atrapar la reina y Escapar de la reina
Ella
La palabra.
Trazamos el paisaje de grises y negros
Esclavos de la voluntad obsesión de antiguo enajenado
Pequeños somos pequeños mínimos.
Las piedritas son como los pies
(Nunca saben hacia donde se dirigen en el tiempo de la simulación
y el pecho herido…….. ¿herido?)
Pequeños indefensos arrogantes culpables de falsa humildad engalanada con sonrisitas y palabras cursi. (Discúlpame querida, que lo mencione)
Arrogantes hormigas calzadas de espesura entran en el mapa de las consultas
¿Escuchas?
Y es que soy y es que soy…. ¿Soy?
Nuestros labios proclaman la duda
Esa bestia preñada de parásitos oscuros
Inútiles en el tapete
¿Escuchas?
Vamos como una calavera calva y tiesa titubeante
(De trapos nada sólo huesos tocando puertas selladas)
Jugamos a que estamos perdidos en las sombras de la noche
en la veleidosa claridad del día.
Como si fuera de pasión está angostura, estos dedos en mi frente aquí en mis sienes
Caprichosas imágenes retumban desatadas máquinas en el juego de la nada por la nada, se incrustan se incrustan y clavan



Contacto: iotpoeta55@hotmail.com


AUTOPSIAS, por Santiago Bao, Villa Gesell, Argentina

¿Qué habrá hallado

el bisturí - vengativo

cuando abrió el cerebro

del poeta Jacobo Fijman

en la morgue del Hospicio

en aquel verano de 1971?

¿Qué puede encontrarse

en la disección prolija

del cerebro de un poeta?

¿Los restos de una rosa,

los fragmentos del ala de un ángel

caído en las aproximaciones

que generan ciertas lágrimas

o la belleza indeclinable

de una estrella o pájaro

entrevisto en gravedad lunar?

O, tal vez, las destrucciones programadas

de los electroshocks,

la miseria del dolor

suministrado a los "otros"

y la tristeza de un cartel

que oscila con una brisa

que viene del absurdo

atado al dedo gordo de un pie

que dice: Jacobo Fijman,

72 años. Y yo agrego:

a quién Dios o algún ángel mensajero

rozó, como suele decirse,

en algún día señalado

a su espíritu abierto.


Contacto: santinebao@gesell.com.ar

LA TORTUGA GIGANTE, de "Cuentos de la selva", de Horacio Quiroga

Había una vez un hombre que vivía en Buenos Aires, y estaba muy contento porque era un hombre sano y trabajador. Pero un día se enfermó, y los médicos le dijeron que solamente yéndose al campo podría curarse. Él no quería ir, porque tenía hermanos chicos a quienes daba de comer; y se enfermaba cada día más. Hasta que un amigo suyo, que era director del Zoológico, le dijo un día:

—Usted es amigo mío, y es un hombre bueno y trabajador. Por eso quiero que se vaya a vivir al monte, a hace mucho ejercicio al aire libre para curarse. Y como usted tiene mucha puntería con la escopeta, cace bichos del monte para traerme los cueros, y yo le daré plata adelantada para que sus hermanitos puedan comer bien.

El hombre enfermo aceptó, y se fue a vivir al monte, lejos, más lejos que Misiones todavía. Hacía allá mucho calor, y eso le hacía bien.

Vivía solo en el bosque, y él mismo se cocinaba. Comía pájaros y bichos del monte, que cazaba con la escopeta, y después comía frutos. Dormía bajo los árboles, y cuando hacía mal tiempo construía en cinco minutos una ramada con hojas de palmera, y allí pasaba sentado y fumando, muy contento en medio del bosque que bramaba con el viento y la lluvia.

Había hecho un atado con los cueros de los animales, y lo llevaba al hombro. Había también agarrado vivas muchas víboras venenosas, y las llevaba dentro de un gran mate, porque allá hay mates tan grandes como una lata de kerosene.

El hombre tenía otra vez buen color, estaba fuerte y tenía apetito. Precisamente un día que tenía mucha hambre, porque hacía dos días que no cazaba nada, vio a la orilla de una gran laguna un tigre enorme que quería comer una tortuga, y la ponía parada de canto para meter dentro una pata y sacar la carne con las uñas. Al ver al hombre el tigre lanzó un rugido espantoso y se lanzó de un salto sobre él. Pero el cazador, que tenía una gran puntería, le apuntó entre los dos ojos, y le rompió la cabeza. Después le sacó el cuero, tan grande que él solo podría servir de alfombra para un cuarto.

—Ahora —se dijo el hombre—, voy a comer tortuga, que es una carne muy rica.

Pero cuando se acercó a la tortuga, vio que estaba ya herida, y tenía la cabeza casi separada del cuello, y la cabeza colgaba casi de dos o tres hilos de carne.

A pesar del hambre que sentía, el hombre tuvo lástima de la pobre tortuga, y la llevó arrastrando con una soga hasta su ramada y le vendó la cabeza con tiras de género que sacó de su camisa, porque no tenía más que una sola camisa, y no tenía trapos. La había llevado arrastrando porque la tortuga era inmensa, tan alta como una silla, y pesaba como un hombre.

La tortuga quedó arrimada a un rincón, y allí pasó días y días sin moverse.

El hombre la curaba todos los días, y después le daba golpecitos con la mano sobre el lomo.

La tortuga sanó por fin. Pero entonces fue el hombre quien se enfermó. Tuvo fiebre, y le dolía todo el cuerpo.

Después no pudo levantarse más. La fiebre aumentaba siempre, y la garganta le quemaba de tanta sed. El hombre comprendió entonces que estaba gravemente enfermo, y habló en voz alta, aunque estaba solo, porque tenía mucha fiebre.

—Voy a morir —dijo el hombre—. Estoy solo, ya no puedo levantarme más, y no tengo quien me dé agua, siquiera. Voy a morir aquí de hambre y de sed.

Y al poco rato la fiebre subió más aún, y perdió el conocimiento.

Pero la tortuga lo había oído, y entendió lo que el cazador decía. Y ella pensó entonces:

—El hombre no me comió la otra vez, aunque tenía mucha hambre, y me curó. Yo le voy a curar a él ahora.

Fue entonces a la laguna, buscó una cáscara de tortuga chiquita, y después de limpiarla bien con arena y ceniza la llenó de agua y le dio de beber al hombre, que estaba tendido sobre su manta y se moría de sed. Se puso a buscar enseguida raíces ricas y yuyitos tiernos, que le llevó al hombre para que comiera. El hombre comía sin darse cuenta de quién le daba la comida, porque tenía delirio con la fiebre y no conocía a nadie.

Todas las mañanas, la tortuga recorría el monte buscando raíces cada vez más ricas para darle al hombre, y sentía no poder subirse a los árboles para llevarle frutas.

El cazador comió así días y días sin saber quién le daba la comida, y un día recobró el conocimiento. Miró a todos lados, y vio que estaba solo, pues allí no había más que él y la tortuga, que era un animal. Y dijo otra vez en voz alta:

—Estoy solo en el bosque, la fiebre va a volver de nuevo, y voy a morir aquí, porque solamente en Buenos Aires hay remedios para curarme. Pero nunca podré ir, y voy a morir aquí.

Pero también esta vez la tortuga lo había oído, y se dijo:

—Si queda aquí en el monte se va a morir, porque no hay remedios, y tengo que llevarlo a Buenos Aires.

Dicho esto, cortó enredaderas finas y fuertes, que son como piolas, acostó con mucho cuidado al hombre encima de su lomo, y lo sujetó bien con las enredaderas para que no se cayese. Hizo muchas pruebas para acomodar bien la escopeta, los cueros y el mate con víboras, y al fin consiguió lo que quería, sin molestar al cazador, y emprendió entonces el viaje.

La tortuga, cargada así, caminó, caminó y caminó de día y de noche. Atravesó montes, campos, cruzó a nado ríos de una legua de ancho, y atravesó pantanos en que quedaba casi enterrada, siempre con el hombre moribundo encima. Después de ocho o diez horas de caminar, se detenía, deshacía los nudos, y acostaba al hombre con mucho cuidado, en un lugar donde hubiera pasto bien seco.

Iba entonces a buscar agua y raíces tiernas, y le daba al hombre enfermo. Ella comía también, aunque estaba tan cansada que prefería dormir.

A veces tenía que caminar al sol; y como era verano, el cazador tenía tanta fiebre que deliraba y se moría de sed. Gritaba: ¡agua!, ¡agua!, a cada rato. Y cada vez la tortuga tenía que darle de beber.

Así anduvo días y días, semana tras semana. Cada vez estaban más cerca de Buenos Aires, pero también cada día la tortuga se iba debilitando, cada día tenía menos fuerza, aunque ella no se quejaba. A veces se quedaba tendida, completamente sin fuerzas, y el hombre recobraba a medias el conocimiento. Y decía, en voz alta:

—Voy a morir, estoy cada vez más enfermo, y sólo en Buenos Aires me podría curar. Pero voy a morir aquí, solo, en el monte.

Él creía que estaba siempre en la ramada, porque no se daba cuenta de nada. La tortuga se levantaba entonces, y emprendía de nuevo el camino.

Pero llegó un día, un atardecer, en que la pobre tortuga no pudo más. Había llegado al límite de sus fuerzas, y no podía más. No había comido desde hacía una semana para llegar más pronto. No tenía más fuerza para nada.

Cuando cayó del todo la noche, vio una luz lejana en el horizonte, un resplandor que iluminaba el cielo, y no supo qué era. Se sentía cada vez más débil, y cerró entonces los ojos para morir junto con el cazador, pensando con tristeza que no había podido salvar al hombre que había sido bueno con ella.

Y sin embargo, estaba ya en Buenos Aires, y ella no lo sabía. Aquella luz que veía en el cielo era el resplandor de la ciudad, e iba a morir cuando estaba ya al fin de su heroico viaje.

Pero un ratón de la ciudad —posiblemente el ratoncito Pérez— encontró a los dos viajeros moribundos.

—¡Qué tortuga! —dijo el ratón—. Nunca he visto una tortuga tan grande. ¿Y eso que llevas en el lomo, qué es? ¿Es leña?

—No —le respondió con tristeza la tortuga—. Es un hombre.

—¿Y adónde vas con ese hombre? —añadió el curioso ratón.

—Voy... voy... Quería ir a Buenos Aires —respondió la pobre tortuga en una voz tan baja que apenas se oía—. Pero vamos a morir aquí, porque nunca llegaré...

—¡Ah, zonza, zonza! —dijo riendo el ratoncito—. ¡Nunca vi una tortuga más zonza! ¡Si ya has llegado a Buenos Aires! Esa luz que ves allá, es Buenos Aires.

Al oír esto, la tortuga se sintió con una fuerza inmensa, porque aún tenía tiempo de salvar al cazador, y emprendió la marcha.

Y cuando era de madrugada todavía, el director del Jardín Zoológico vio llegar a una tortuga embarrada y sumamente flaca, que traía acostado en su lomo y atado con enredaderas, para que no se cayera, a un hombre que se estaba muriendo. El director reconoció a su amigo, y él mismo fue corriendo a buscar remedios, con los que el cazador se curó enseguida.

Cuando el cazador supo cómo lo había salvado la tortuga, cómo había hecho un viaje de trescientas leguas para que tomara remedios, no quiso separarse más de ella. Y como él no podía tenerla en su casa, que era muy chica, el director del Zoológico se comprometió a tenerla en el Jardín, y a cuidarla como si fuera su propia hija.

Y así pasó. La tortuga, feliz y contenta con el cariño que le tienen, pasea por todo el jardín, y es la misma gran tortuga que vemos todos los días comiendo el pastito alrededor de las jaulas de los monos.

HOMENAJE Y ENTREGA DE PREMIOS 1° CERTAMEN BIANUAL DE NARRATIVA BREVE "ALICIA CAMPORA" 2008 / 23 de abril de 2009








PREMIO PROVINCIAL DE LITERATURA "EMMA ROSA MOSTO"


La Municipalidad de San Nicolás de los Arroyos, a través de su Dirección de Cultura, convoca a todos los escritores nacidos y/o residente en la provincia de Buenos Aires a participar del NOVENO CONCURSO PROVINCIAL DE LITERATURA "Emma Rosa Mosto", instituido en homenaje a una de las primeras escritoras de la ciudad de San Nicolás de los Arroyos, cuya fecunda labor y transcendente accionar traspasó las fronteras de su terruño natal.

SEMBLANZA BIO-BIBLIOGRÁFICA DE EMMA ROSA MOSTO: Nació en la ciudad de San Nicolás de los Arroyos (provincia de Buenos Aires) el 16 de abril de 1885. Realizó sus estudios en la Escuela Normal Mixta, recibiéndose con el título de maestra en 1905. En 1907 se recibió de profesora en la Escuela Normal de Lenguas Vivas ende la Capital Federal. Por más de tres décadas, el Colegio Nacional "Justo José de Urquiza" de la ciudad de San Nicolás de los Arroyos, la tuvo entre sus profesoras más distinguidas, haciéndose cargo de la cátedra de francés. Como escritora publicó más de diez libros, entre los que se destacan: "Hojas" (1919), "Excelsa gratitud" (1928), "Símbolo de piedra" (1930), "Por el fuego del quinqué" (1932 y reeditado en 1936), "Semper" (1937), "Mirka" (1937), "Mascota" (1937), "Rutas" (1939), "Gente y cosas de nuestra tierra"(1941), "Salva una vida" (1941), "En la fronda" (1947) y "Jazmines nicoleños y azahares tucumanos" (1956

Su obra "Gentes y cosas de nuestra tierra" recibió diploma de honor en el Concurso Permanente del Libro Americano; como así también su trabajo "Impresiones sobre México" fue premiado por el Instituto Cultural Argentino-Mexicano.

Tres diccionarios importantes de la época la incluyeron en sus páginas: "Diccionario Biográfico de la provincia de Buenos Aires (1954), "Diccionario Bibliográfico Latinoamericano y del Caribe" (1970) y "Diccionario Biográfico de Mujeres Argentinas" (1972).

Realizó una fecunda tarea intelectual reflejada en numerosas publicaciones en diarios y revistas. Entres las instituciones en que participó como activa integrante ocupando cargos directivos, podemos nombrar a la Asociación de Escritores Argentinos, la Asociación de Artistas y Escritores de La Habana (Cuba), la Sociedad Argentina de Escritores, la Asociación de Cultura Francesa, la Sociedad de Escritores de la provincia y la Sociedad de Damas de Caridad.

Próxima a cumplir sus 91 años de vida, falleció en la ciudad que la vio nacer, el 11 de abril de 1976.

BASES Y REGLAMENTO:

1. El Premio Provincial de Literatura "Emma Rosa Mosto" está dedicado a escritores nacidos y/o residentes en la provincia de Buenos Aires, sin límites de edad.

2. Los géneros a concursar son : poesía y cuento.

3. En poesía, se deberá remitir uno o varios poemas cuya extensión máxima no deberá superar –en su conjunto- los cien (100) versos, ni ser menor a los treinta (30).

4. En narrativa, se deberá remitir un cuento que no deberá exceder de las cinco carillas.

5. La remisión de los trabajos se realizará por triplicado, en hoja tamaño carta, escritos a máquina o PC, en una sola cara del papel, a doble espacio, firmándose con seudónimo.

6. Dentro de un sobre cerrado, en cuyo anverso sólo figurará el nombre de la obra y el seudónimo elegido, se incluirán los datos personales del participante, a saber: nombre y apellido, número y tipo de documento de identidad, lugar y fecha de nacimiento, dirección postal, teléfono y breve curriculum literario, si lo tuviere. Además, de puño y letra, se estampará la siguiente leyenda: "Declaro que la obra participante es de mi autoría y no ha sido publicada ni premiada con anterioridad a este certamen".

7. Las obras podrán entregarse personalmente o bien se remitirán por correo a PREMIO PROVINCIAL DE LITERATURA "EMMA ROSA MOSTO", Dirección Municipal de Cultura, Calle Maipú Nº 10 (2900) San Nicolás de los Arroyos, provincia de Buenos Aires.

8. La fecha de recepción de trabajos caducará, indefectiblemente, el día 30 de septiembre de 2009, tomándose como referencia la fecha del matasellos postal.

9. Se instituyen como galardones a otorgar, para cada género, los siguientes: PRIMER PREMIO: Áccesit de plata y diploma; SEGUNDO PREMIO: plaqueta y diploma; TERCER PREMIO: plaqueta y diploma; y CUATRO MENCIONES HONORÍFICAS, las que serán acreedoras de diplomas certificatorios.

10. Se podrán declarar desiertos los galardones propuestos, pero nunca ampliar la nómina establecida a dichos efectos.

11. El jurado estará integrado por tres destacados escritores de la región, cuyos nombres serán dados a conocer junto con los ganadores.

12. La entrega de premios se realizará en la ciudad de San Nicolás de los Arroyos, 20 de noviembre de 2009 a las 20:00 hs, en el Auditorio Felix Bogado del Teatro Municipal "Rafael de Aguiar".-

13. La entidad organizadora pondrá en conocimiento del veredicto del jurado a los escritores ganadores vía epístola y/o llamado telefónico, como así también se dará a conocer la nómina de premiados por los medios masivos de comunicación.

14. Las obras galardonadas no se devolverán, procediéndose a la incineración de las mismas, luego de conocerse el veredicto del jurado. La Dirección de Cultura de la Municipalidad de San Nicolás de los Arroyos, podrá efectuar con las obras galardonadas, una única publicación –en cuadernos y/o libro- si así lo estima conveniente.

15. Cualquier alternativa no prevista en estas bases y Reglamento, será subsanada por la entidad organizadora sin más trámite.

16. La sola participación en este concurso implica la plena aceptación de estas Bases y Reglamento.

CUENTO, por Isabel Llorca Bosco



En la rugosa mesa del patio, mi abuela

limpiaba arvejas, aprovechando

la última luz del día.

Y su hermana contaba las estrellas

por la noche, las cuentas del rosario,

los muertos, uno a uno.

Yo, el eco de los versos.


CARLOS SALEM TRIUNFA EN LA LITERATURA ESPAÑOLA, por Josep Esteve Rico Sogorb, Elche, España

Estoy seguro que para algunos ceutíes y melillenses Carlos Salem será un desconocido pero a la vez puedo afirmar que especialmente muchos 'caballas' y no menos melillenses aún le recordarán y muy gratamente por cierto. Sin embargo, en ambientes literarios y periodísticos de ámbito nacional, Salem ya es más que conocido. Nació en Argentina pero por circunstancias de la vida recaló en Ceuta. Su primer empleo en la ciudad fue el cargo de director del extinto diario 'El Periódico Independiente de Ceuta' -germen y origen del actual diario 'El Pueblo de Ceuta'-, aquel que emprendiera finalizando la década de los ochenta el viejo periodista ceutí Antonio Fernández Márquez con el auspicio del entonces equipo de gobierno municipal socialista y cuyas instalaciones estuvieron en una nave del muelle de Poniente cerca de Villajovita. Su personalidad dejó impronta en el diario, hacía gala de una genuina personalidad unida a un sentido del humor envidiable y muy particular. Lo comprobé personalmente. Él me contrató, confió en mí cuando yo era un joven inexperto llegado de la península y me hizo madurar o mejorar como periodista. Fue mi segundo maestro en Periodismo. El primero fue el escritor, poeta y periodista de Elche, Vicente Pastor Chilar. Ambos me marcaron.

Los agitados y nerviosos andares de pisada fuerte de Salem retumbaban. Gafotas, pelirrojo, con perilla y ricitos; no era el típico director de despacho sino que se 'curraba' el diario desde la primera plana hasta la contraportada, sentándose como un redactor más entre nosotros los redactores y los maquetadores, correctores, montadores, fotógrafos...Carlos hacía de todo sin suplantar la tarea de cada empleado, algo difícil y meritorio. Venía a ser como un aporte, una ayuda y a veces un auxilio...¡la de titulares atractivos que nos daba cuando estábamos en blanco! Poseía una gran imaginación. Pero Carlos Salem, por otras circunstancias de la vida, dejó 'El Periódico Independiente de Ceuta' y se hizo cargo como director, del decano de la prensa ceutí, 'El Faro de Ceuta'. Este medio le contrató al comprobar su valía profesional. Pasó después a la ciudad hermana, Melilla, donde fue director de los diarios melillenses 'El Faro' y 'El Telegrama'.

Avatares del destino movieron a Salem y dejó Ceuta y Melilla afincándose en Madrid. Abandonó su trabajo periodístico harto de envidias, tensiones, trapos sucios y polémicas que por desgracia ensucian el buen nombre del Periodismo. Regentó hasta muy recientemente un pub-jazz bar en la capital madrieña que él hizo célebre por sus sesiones musicales, exposiciones, tertulias, presentaciones de libros y recitales poéticos. Un lugar por el que han pasado los mejores y más vanguardistas creadores artistas españoles e hispanoamericanos entre poetas, novelistas, músicos...hoy, en la actualidad, Carlos Salem, el argentino-español ex director de diarios ceutíes y mellillenses y residente en Ceuta y Melilla varios años, triunfa en el panorama de la literatura española en la península e hispana en América. Sus obras se encuentran en las librerías. Posee importantes premios literarios y casi es un privilegiado sino viviendo totalmente de escribir y publicar al menos resultándole rentable y no como la inmensa mayoría de escritores que nos autopublicamos de nuestro bolsillo y encima perdemos dinero.

Carlos Salem, el ex ceutí y ex melillense de adopción hoy madrileño residente, ganó hace poco el I Premio Internacional de Novela Romántica de Seseña en su V edición con su obra 'Cracovia sin ti', comedia amorosa autobiográfica, tras haber ganado antes con su libro 'Camino de Ida' el primer premio a la mejor novela negra 'Memorial Silverio Cañada 2008 de la Semana Negra de Gijón' publicada en 2007. Sus poemarios también son dignos de destacar con esa antipoesía de verso libre y sin rima pero desvergonzada, osada y clara conjugando la ironía con la rebeldía. Y es que Carlos Salem siempre fue y sigue siendo, un rebelde con causa o sin ella, pero rebelde nato. Os invito a conocerle o a redescubrirle como animador de cotarros, poeta y novelista. Ved su socarrón blog personal http://elhuevoizquierdodeltalento.blogspot.com/ y leed sus libros. 'Fliparéis' en colores.

Contacto: ricosogorb@cjav.org

ALGUNOS POEMAS de Blanca Varela


Ejercicios


I
Un poema
como una gran batalla
me arroja en esta arena
sin más enemigo que yo

yo
y el gran aire de las palabras

II
miente la nube
la luz miente
los ojos
los engañados de siempre
no se cansan de tanta fábula

III
terco azul
ignorancia de estar en la ajena pupila
como dios en la nada

IV
pienso en alas de fuego en música
pero no
no es eso lo que temo
sino el torvo juicio de la luz


********************************

Dama de blanco

el poema es mi cuerpo
esto la poesía
la carne fatigada
el sueño el sol
atravesando desiertos
los extremos del alma se tocan
y te recuerdo Dickinson
precioso suave fantasma
errando tiempo y distancia
en la boca del otro habitas
caes al aire eres el aire
que golpea con invisible sal
mi frente
los extremos del alma se tocan
se cierran se oye girar la tierra
ese ruido sin luz
arena ciega golpeándonos
así será ojos que fueron boca
que decía manos que se abren
y se cierran vacías
distante en tu ventana
ves al viento pasar
te ves pasar el rostro en llamas
póstuma estrella de verano
y caes hecha pájaro
hecha nieve en la fuente
en la tierra en el olvido
y vuelves con falso nombre de mujer
con tu ropa de invierno
con tu blanca ropa de
invierno
enlutado


********************************

Persona


el querido animal
cuyos huesos son un recuerdo
una señal en el aire
jamás tuvo sombra ni lugar

desde la cabeza de un alfiler
pensaba
él era el brillo ínfimo
el grano de tierra sobre el grano
de tierra
el autoeclipse

el querido animal
jamás cesa de pasar
me da la vuelta


********************************

Secreto de familia


soñé con un perro

con un perro desollado

cantaba su cuerpo su cuerpo rojo silbaba

pregunté al otro
al que apaga la luz al carnicero

qué ha sucedido

por qué estamos a oscuras


es un sueño estás sola

no hay otro
la luz no existe
tú eres el perro tú eres la flor que ladra
afila dulcemente tu lengua
tu dulce negra lengua
de cuatro patas


la piel del hombre se quema con el sueño

arde desaparece la piel humana

sólo la roja pulpa del can es limpia

la verdadera luz habita su legaña
tú eres el perro
tú eres el desollado can de cada noche

sueña contigo misma y basta



LA MUSA CHILLONA, por Mauro Morgan, Rosario, Argentina